27-06-2023, 12:02 AM
(Última modificación: 09-09-2023, 07:38 PM por QuintoPiso.)
El noviazgo de Helena.
Volví a ver a Helena, un sábado a principios del 2000, en Terraza Pasteur.
Yo salía del GYM, séptima con 24, y varias muchachas estaban promocionando
Gatorade; todas utilizaban patines y vestían minifalda. De una reconocí a la chica
de la pista de hielo, en el Parque de la 93. Hice la fila que ella atendía, para que
me ofreciera una degustación. Averigüé que iban a estar hidratando a los
participantes en la ciclorruta de la séptima, durante varios domingos. Y ahí estaba
yo, buscando su atención. Hasta que, por fin, en una ocasión en el momento en
que les ofrecieron un refrigerio, me ofrecí a destapárselo e iniciamos una
conversación. Fue así, como después varios ires y venires, puede obtener su
número telefónico e iniciar una intensa relación.
Inicialmente, nuestras pláticas giraban en torno a Literatura, principalmente poesía:
Borges, Kavafis, Benedetti. Luego yo le colaboraba escribiéndole ensayos para la U
y finalmente, empecé a ser confidente de su tormentoso noviazgo.
Matías, su novio, había ingresado a la barra Comandos Azules desde que cursaba grado
once. Se había ganado el respeto de los capos de la barra porque era bueno para pelear.
Helena me describió esta militancia:
«Después de los partidos, los de la barra salían a drogarse, a beber y a “patrullar”, por
Galerías, Chapinero o el Centro, con el propósito de encontrar hinchas de otros equipos
para iniciar el tropel. Luego de las peleas, junto con un par de amigos, se iban a “celebrar”
la “cascada” que les habían propinado a sus rivales. La violencia iba en aumento, de tal
manera que el futbol solo era una excusa para pelear.»
«Luego empezaron utilizar armas blancas, palos y cadenas, la intención ya no era solo
golpear. En una de esas trifulcas, un man le cortó las manos con un cuchillo; esa noche
me llamó desde el hospital y tuve que llevarle dinero para la cirugía y los medicamentos.
Pero Matías estaba feliz, porque según él, volvió mierda al otro: “le reventé los ojos, la
boca, a punta de patadas”.»
«Una vez que Millos perdió un partido contra Santafé, nos subimos a un bus, una señora
llevaba una bandera santafereña y cuando nos bajamos, Matías intento arrebatársela a la
fuerza, mientras le gritaba ¡Perra hijueputa! Estaba totalmente descompuesto.»
Ese comportamiento me asustó —murmura Helena—, porque era más de un psicópata,
que de un hincha del futbol.
«No faltaba a ningún partido de Millonarios, jugara donde fuera: Barranquilla, Pasto, Cali.
Obviamente no duraba en los empleos, por lo que siempre andaba sin dinero; me pedía
para los viajes, para las entradas a los estadios, para las banderas, me tenía sin un peso
y en estrés constante, que solo me calmaba el consumo de bareta. Yo había sido
consumidora esporádica, pero empecé a fumar diariamente.»
—¿Por qué seguías con él? — pregunté tímidamente.
—Intenté dejarlo un par de veces, pero siempre me convencía con el argumento que después
de finalizar este torneo, iba a trabajar juicioso y solo iría a los partidos de Millos en Bogotá.
—¿Y tú le creías?
Helena asintió.
—Solo pensaba en su bienestar; yo lo adoraba. —Musitó entre sollozos.
«Una tarde, Matías me confesó que unos amigos le propusieron realizar un robo en una fábrica,
con el fin de costear un desplazamiento, con la barra, hacia la costa. Yo sentí la presión y
di el paso fatal; recurrí al medio que utilizan la mayoría de las chicas transgénero para
conseguir dinero rápido, "el cajero automático": la prostitución.»
CONTINUARÁ
Volví a ver a Helena, un sábado a principios del 2000, en Terraza Pasteur.
Yo salía del GYM, séptima con 24, y varias muchachas estaban promocionando
Gatorade; todas utilizaban patines y vestían minifalda. De una reconocí a la chica
de la pista de hielo, en el Parque de la 93. Hice la fila que ella atendía, para que
me ofreciera una degustación. Averigüé que iban a estar hidratando a los
participantes en la ciclorruta de la séptima, durante varios domingos. Y ahí estaba
yo, buscando su atención. Hasta que, por fin, en una ocasión en el momento en
que les ofrecieron un refrigerio, me ofrecí a destapárselo e iniciamos una
conversación. Fue así, como después varios ires y venires, puede obtener su
número telefónico e iniciar una intensa relación.
Inicialmente, nuestras pláticas giraban en torno a Literatura, principalmente poesía:
Borges, Kavafis, Benedetti. Luego yo le colaboraba escribiéndole ensayos para la U
y finalmente, empecé a ser confidente de su tormentoso noviazgo.
Matías, su novio, había ingresado a la barra Comandos Azules desde que cursaba grado
once. Se había ganado el respeto de los capos de la barra porque era bueno para pelear.
Helena me describió esta militancia:
«Después de los partidos, los de la barra salían a drogarse, a beber y a “patrullar”, por
Galerías, Chapinero o el Centro, con el propósito de encontrar hinchas de otros equipos
para iniciar el tropel. Luego de las peleas, junto con un par de amigos, se iban a “celebrar”
la “cascada” que les habían propinado a sus rivales. La violencia iba en aumento, de tal
manera que el futbol solo era una excusa para pelear.»
«Luego empezaron utilizar armas blancas, palos y cadenas, la intención ya no era solo
golpear. En una de esas trifulcas, un man le cortó las manos con un cuchillo; esa noche
me llamó desde el hospital y tuve que llevarle dinero para la cirugía y los medicamentos.
Pero Matías estaba feliz, porque según él, volvió mierda al otro: “le reventé los ojos, la
boca, a punta de patadas”.»
«Una vez que Millos perdió un partido contra Santafé, nos subimos a un bus, una señora
llevaba una bandera santafereña y cuando nos bajamos, Matías intento arrebatársela a la
fuerza, mientras le gritaba ¡Perra hijueputa! Estaba totalmente descompuesto.»
Ese comportamiento me asustó —murmura Helena—, porque era más de un psicópata,
que de un hincha del futbol.
«No faltaba a ningún partido de Millonarios, jugara donde fuera: Barranquilla, Pasto, Cali.
Obviamente no duraba en los empleos, por lo que siempre andaba sin dinero; me pedía
para los viajes, para las entradas a los estadios, para las banderas, me tenía sin un peso
y en estrés constante, que solo me calmaba el consumo de bareta. Yo había sido
consumidora esporádica, pero empecé a fumar diariamente.»
—¿Por qué seguías con él? — pregunté tímidamente.
—Intenté dejarlo un par de veces, pero siempre me convencía con el argumento que después
de finalizar este torneo, iba a trabajar juicioso y solo iría a los partidos de Millos en Bogotá.
—¿Y tú le creías?
Helena asintió.
—Solo pensaba en su bienestar; yo lo adoraba. —Musitó entre sollozos.
«Una tarde, Matías me confesó que unos amigos le propusieron realizar un robo en una fábrica,
con el fin de costear un desplazamiento, con la barra, hacia la costa. Yo sentí la presión y
di el paso fatal; recurrí al medio que utilizan la mayoría de las chicas transgénero para
conseguir dinero rápido, "el cajero automático": la prostitución.»
CONTINUARÁ



